lunes, 18 de mayo de 2026

Capítulo 1. Un agujero en la pared

El material con el que se construían las paredes ya no tenía ni la calidad ni la solidez de antaño. Antes roer tenía su técnica y había que saber cómo hacerlo. Lo más importante era encontrar una pequeña grieta y poco a poco ensancharla para poder pasar. Era todo un reto cuando una casa estaba bien construida. O algo imposible como roer las paredes infranqueables de un laboratorio bajo tierra…

El delgaducho y nervioso ratón sintió un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo recordando aquel terrible lugar. Y al hacerlo un montón de pelusas de su pelaje se desprendieron flotando hasta el suelo. Se obligó a recordar las paredes entre las que él había vivido cuando era pequeño. Aquellas que ya tenían los agujeros hechos por su familia y sus antepasados, pulidas por el paso del tiempo y cuidadas por sus padres para hacer de ellas una madriguera acogedora. Y el boquete que hacía de puerta principal asomaba a la vivienda de un granjero.

Sí. Él era un ratón de campo. Bueno ya no lo era. Lo más adecuado sería decir que había sido un ratón de campo que se creía mejor que nadie y se fue buscando las luces de la gran ciudad. Pero sin saber cómo acabó en aquel maldito lugar. Otra vez se sorprendió pensando en ello. Su cuerpo se estremeció y nuevamente dejó a sus pies otro montón de pelusas. «Todo aquello ya pasó. No queda nadie —quiso convencerse—. El laboratorio quedó destruido. Solo fue una pesadilla». Pero aquella pesadilla había hecho estragos en su cuerpo. Si su madre le viese no lo reconocería. Se había quedado en los huesos y aquel desparpajo e impulsividad que le había empujado a descubrir el mundo desaparecieron dejando en su lugar a un tembloroso y asustado ratoncillo.
Pero ahora estaba allí. Al final había llegado a la gran ciudad. Y en aquella casa no había más ratón que él. Y las paredes no eran como las de antes. Aquella se caía a cachos en cuanto le hincaba el diente. Estaba chupado abrir un boquete, pero temía que el sonido que hacía al roer llamara la atención de los dueños de la casa. Así que se detuvo. Estaba nervioso. No podía evitarlo. Él solo quería una vida más sencilla y tranquila. La verdad es que no sabía lo que se iba a encontrar al otro lado. ¡Oh no! ¿Tendrían gato? No podía evitar ponerse en lo peor. Enfrentarse a una mascota era algo que no le apetecía mucho, aunque después de todo lo que había vivido... Esperaba que no. Sí, él corría mucho, era ágil y esas cosas. Pero prefería la tranquilidad que había venido buscando.

No podía quedarse allí parado. Iba a vivir en aquel hueco de la pared que había empezado a acondicionar. Pero necesitaba una entrada a la vivienda ¿o era una salida? para poder ir a por comida, ver la tele o hacer lo que le apeteciera. Volvió a la tarea. Y mientras roía y pensaba en todas esas cosas que podría encontrarse por fin se filtró la luz a través del agujero que había abierto. No era mucha, pero algo es algo. Apoyó sus patitas delanteras en la fina pared en el borde del pequeño agujero y acercó el ojo para ver qué había al otro lado. Pero no pudo ver gran cosa. Había abierto el agujero justo detrás de un mueble. Eso era bueno. Los humanos no se darían cuenta del desperfecto si no lo movían. Agudizó el oído. Nada. Silencio. No había nadie en la habitación y aparentemente en la casa.

Siguió con su trabajo y agrandó el agujero lo suficiente como para que su delgado y flexible cuerpo pasase. Al llegar al otro lado se encontró justo debajo de una mesita de noche. Había pelusas a su alrededor. Bastantes, pero no eran las suyas. Aquellas ya estaban allí. El ratón no pudo evitar sonreír al pensar que su pequeño y extraño problema de piel podía pasar desapercibido. Aunque claro, cualquiera podría pensar que algún día se quedaría sin pelo como un gato esfinge. Sin embargo, aquel era uno de los efectos secundarios de los experimentos que habían hecho con él en el laboratorio… No dejaría de soltar pelusa nunca. Su pelaje se regeneraba a una velocidad de infarto. Peluso le habían llamado. No era su verdadero nombre pero eso es en lo que se había convertido.

El ratoncillo se aseguró de que no había en la habitación. Desde su posición no se veían pies por el suelo ni ruidos cercanos. Así que se atrevió a salir de debajo de la mesita de noche. Los ojos se le iluminaros. Estaba en la preciosa habitación de un niño, abarrotada de juguetes, libros y muñecos.

continuará...

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