«No me lo puedo creer. Se nos ha colado un ratón en casa», pensó Emma dejando de tejer. No estaba asustada, ni asqueada, ni siquiera alarmada por la presencia de aquel pequeño intruso. Simplemente estaba harta de su dependencia de los demás. Tenía allí delante a un raquítico ratón alzado sobre sus patas traseras, mirándola, y no podía hacer nada.
—Vete bicho —le dijo sin mucha convicción. No le quedaban fuerzas para ahuyentarle con un grito. Estaba reclinada en el sillón relax que habían comprado hacía poco. Era uno de esos tipo “eleva personas” que la ayudaban a ponerse de pie para hacer las transferencias a la silla de ruedas. Pero claro, de poco le servía ahora estando sola en casa. Su marido, como todos los días a esas horas, había ido a recoger al niño al colegio. No tardaban mucho en volver, pero era un rato en el que su mundo se reducía a todo lo que tuviera al alcance la de mano.
Miró a su alrededor y entre las mil cosas que tenía su alrededor ninguna le parecía lo suficientemente buena o prescindible para tirársela al ratón. Tenía un ovillo de lana y una aguja de ganchillo en el regazo. En la mesa, aparte del mando de la tele, el teléfono, unas tijeras y más agujas, lo más contundente que tenía era una botella de agua. Pero la necesitaba para tomarse las pastillas de las siete.
—No me mires así. —Cogió una de las agujas más gruesa, que era de las que menos usaba, y se la tiró. Su puntería dejaba mucho que desear. Pasó a varios palmos de donde se encontraba el ratón. Tampoco es que tuviera la esperanza de acertarle con ella y menos aún a clavársela como en las escenas de acción en las películas, sin embargo el animalillo pegó un respingo y soltó un montón de pelusa a su alrededor.
«La madre que lo parió. Toda esa pelusa que nos encontramos es suya —pensó Emma aliviada—. No es de mis ovillos.» Pero el alivio de saber que no era ella la causante de que el suelo siempre estuviera sucio se transformó en preocupación. «Ese ratón está enfermo. ¿Será contagioso? Lo que me faltaba… que me pegue la tiña o la peste. Y con las defensas tan bajas como las tengo… No se mueve…» Cualquier otro ratón hubiera salido corriendo, pero aquel no se movió del sitio. Parecía paralizado o hechizado. No le quitaba los ojos de encima. Si fuese humano hubiera descrito su mirada como temerosa al mismo tiempo que curiosa.
—¿Qué quieres? La comida está en la cocina. Le diré a mi marido que te aplaste cuando venga. Aunque claro, saldrá su vena de biólogo, te cogerá y te soltará en el campo. ¿Prefieres eso?... Ya lo que me faltaba —se quejó de repente—. Estoy hablando con un ratón. Estoy perdiendo la cabeza.
Peluso miró el lugar donde había caído aquel objeto con el que la había visto tejer todos los días. Había estado observando a toda la familia. Aquella mujer se pasaba los días tejiendo o viendo la tele. Se giró hacia ella. La escuchaba hablar, pero no sabía lo que decía en esos momentos. Le daba igual. Acababa de tomar una decisión. Avanzó despacio hacia lo que parecía una aguja con la punta torcida, la cogió entre sus patitas y se dirigió hacia la mujer. Mientras se acercaba ambos se miraban fijamente. Los ojos de ella estaban cada vez más abiertos y el suelo bajo sus patitas más lleno de pelusas. No se podría decir cuál de los dos se estaba poniendo más nervioso con aquella situación.
—¿Qué haces? —preguntó Emma en cuanto Peluso desapareció de su campo de visión al acercarse a la base del sillón.
Él en esos momentos solo veía las piernas de ella. Una se contrajo de repente torciéndole el pie y la otra se puso tiesa de una forma muy rara. “Joder”, la oyó decir con voz quebrada. Algo no iba bien. Así que se encaramó con rapidez al sofá y se asomó por el reposabrazos para ver qué le pasaba. Ahora la que dio en respingo fue ella y retiró la mano que tenía allí apoyada alejándola de él. Respiraba más deprisa de lo normal. Estaba asustada. Los dos lo estaban. Peluso sabía que ella no podía andar. Y si hubiera podido habría salido corriendo hace rato. Incluso podría decir que ella se sentía más vulnerable allí sentada e inmóvil a pesar de ser diez veces más grande que él. No podía ni quería hacerle daño. Era un simple y débil ratón. Pero ella parecía estar viendo algún otro tipo de animal salvaje. Así que lentamente se levantó sobre sus patitas traseras y con gesto educado le ofreció la aguja de ganchillo.
Emma no podía creerse lo que estaba viendo «¿Será un ratón amaestrado? Sí. Tiene que ser eso. ¿Cómo si no iba a hacer algo así? Ahora tiene más sentido —pensó sabiendo que los pensamientos en su cerebro iban desbocados—. Era imposible que se hubiera colado un ratón de campo en casa. Aunque…¿no sería más extraño que se colara un ratón amaestrado? Claro que sí. Entonces ¿De dónde narices ha salido? El vecino de al lado es un tipo muy raro y pasa mucho tiempo fuera de casa. A lo mejor trabaja en un circo.»
El ratoncillo seguía con la patita extendida ofreciéndole la aguja por el mango. Así que ella con cautela la tomó entre sus dedos.
—Gracias —se oyó decir.
—De nada —dijo el ratón.

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