miércoles, 1 de julio de 2026

Capítulo 3: El pasillo

julio 01, 2026 0 Comments
Si el niño girase la cabeza en ese mismo instante le vería. Pero estaba enfrascado en el libro y la galleta que tenía entre manos. Peluso se fijó en que estaba manchando las páginas de chocolate. Sí. Era el momento de dar la cara.

—Hola —saludó tímidamente.

—¡Samurái! —la voz grave del padre del niño llegó desde la otra punta de la casa y quedó por encima de la suya a pesar de que sonó más chillona. Su reacción fue inmediata. Había que huir. De un salto bajó del reposabrazos y se escondió detrás del sofá.

—¿Qué? —respondió el niño atravesando con la mirada el lugar donde justo había estado el ratón un instante antes. El reposabrazos estaba lleno de pelusas. Algunas todavía flotaban en el aire. Pero Samurái era un niño que no se fijaba en esas cosas. Era muy despistado, tranquilo y bueno. Peluso había comprobado que le encantaba contar chistes que en general eran bastante malos. Sin embargo sin proponérselo soltaba alguna perla de vez en cuando que hacía que sus padres se partieran de risa.

—Ven por favor. Te necesitamos un momento —respondió su padre. Samurái siempre estaba dispuesto a ayudar cuando se lo pedían. Así que sin rechistar dejó el libro sobre la mesa, se metió la galleta entera en la boca y se limpió el chocolate de los dedos en la camiseta.

El ratón miró cómo se alejaba por el pasillo. Un pasillo cálido y de bonitos cuadros que de repente ante sus ojos se transformó en un corredor larguísimo, casi infinito y cegador. Tenía las paredes y los techos blancos y estaba lleno de fluorescentes que hacían que no hubiera lugar para las sombras. «¡Oh no! Otra vez no…», pensó resignado Peluso.

Peluso sabía que aún seguía detrás del sofá, pero a veces sentía que se trasladaba a otros escenarios. Algunos los reconocía como recuerdos del pasado, pero otras veces no sabía ni lo que eran. En esta ocasión supo que aquel eterno pasillo formaba parte un pasado de pesadilla. En cierto modo se tenía que alegrar. Sabía que no estaba allí realmente. Que aquellas instalaciones ya no existían. Aun así era tan real…

Sonaba una alarma. La puerta del laboratorio se había abierto sola y quedó entreabierta. La cerradura de su jaula también se había desbloqueado. Parecía una invitación a salir de ella. Con cautela recorrió las frías y pulidas baldosas en dirección a la salida. Mientras lo hacía no apartaba la mirada del hueco por el que se veía el pasillo que podía conducirle a la libertad. Cuando llegó a la puerta asomó la cabeza con cuidado. Sus bigotes temblaban y tenía los ojos abiertos como platos. Había dejado a su paso todo lleno de pelusas. Sabrían que había salido de su jaula. Sabrían dónde se dirigía si se escapaba. Quizá no fuese una buena idea intentar huir. Podrían dar con él en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo no se veía a ningún hombre con batas blancas en el corredor. Eso era muy raro. Lo que sí que había era un montón de puertas como la suya abiertas. Y de algunas también salieron otros animales, hombres extraños y cosas. Cosas vivas que jamás había visto. Su pequeño corazón latía a toda velocidad. A la misma que se le estaba cayendo el pelaje. Volvió a ocultarse dentro del laboratorio, pero sin dejar de mirar la puerta entreabierta. El pasillo no tardó en llenarse de seres que iban y venían intentando escapar como debería estar haciendo él. Pero tenía miedo. Mucho miedo.


La alarma no dejaba de sonar. Era un sonido intermitente y ensordecedor, pero en cada intervalo de silencio se podía escuchar el ruido que hacían los pies, pezuñas y patas de aquellos seres arañando el suelo en su huida. Algunos parecían pelear entre sí a pesar de tener todos el mismo objetivo. Sin embargo el pasillo no tardó en quedar despejado. Fue como una estampida de unos pocos segundos que rápidamente devolvió ese silencio intermitente. Así que el ratón salió de su escondite con intención de escapar como habían hecho los otros. Fue entonces cuando escuchó unos gritos dando órdenes y luego disparos.

El estruendo de las armas le devolvió al presente. Estaba tirado en el suelo detrás del sofá rodeado de pelusa. Si ya de por sí era delgaducho ahora parecía un esqueleto cubierto de un arrugado pellejo. Aquellos trances le dejaban completamente alopécico. Pero por experiencia sabía que en pocos minutos no tardaría en volver a crecerle el pelo. No obstante eso era lo de menos. Siempre al despertar se sentía ridículo, vulnerable, perdido, vejado…

Había llegado a la conclusión de que era el resultado de un experimento fallido. ¿Cuál era el objetivo? ¿Un crecepelo? Fuera lo que fuese no había funcionado. Por eso no había querido volver a casa. Era mejor que nadie le viera así. Él ya no era el mismo. Allí tirado en el suelo patas arriba y mirando al techo, podía ver algunas de sus pelusas flotando aún en el aire. En ese momento se dio cuenta de que tampoco era buena idea hacerse amigo de ese niño. Lo único que iba a aportarle eran traumas con esos extraños trances y su aspecto. ¿en qué había estado pensado? Ah sí. Se sentía solo. Muy solo. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

El ruido de unas ruedas girando hizo que se incorporase como un resorte para frotarse los ojos y poder ver qué ocurría. En ese momento pasaba la madre del niño en la silla de ruedas empujada por su marido. No pudo evitar ver que a ella sí que se la habían desbordado las lágrimas de los ojos. ¿Qué había pasado?