Emma a veces dudaba si lo que había ocurrido era real, fruto de su imaginación o de los efectos secundarios de la medicación que tomaba. Pero en cuanto llegó su marido aquella tarde, este le sacó de dudas.
—No puede ser que la lana que usas suelte tanta pelusa. ¿Has visto cómo está el suelo? ¿Y este montón cómo ha llegado hasta aquí? —Miraba el suelo indignado sin percatarse de que aquellas pelusas dejaban un rastro que se dirigía hacia las habitaciones atravesando el pasillo. Al marido de Emma le gustaba la limpieza y el orden. Y aunque parezca que estaba obsesionado con ello no era un maniático. Él solo que ría que cuando llevase a Emma de un sitio a otro por la casa con la silla sus pies, que iban arrastrando por el suelo, no fuesen recogiendo todo lo que pillase por el camino. Y aquellas pelusas le volvían loco.
—Bueno ¿Y qué hago? Solo tejo por estar entretenida.
—Lo siento. No digo que sea culpa tuya. Lo único que digo es que deberíamos dejar de comprar los hilos y las lanas en el bazar. Se deshilachan todas. Deberíamos comprar de las buenas.
Finalmente no compraron ni de unas ni de las otras. Emma sí que seguía tejiendo, pero no tanto como antes. Ahora, las pocas veces que se quedaba sola en casa, se pasaba el tiempo hablando con Peluso. Al principio había sido un poco raro. Esperar a que apareciera de nuevo y convencerse de que no estaba loca. En sus primeros encuentros el ratón le había dicho que no todos los humanos eran capaces de entender o recordar “el común” lo que venía siendo el idioma universal de todas las cosas y todos los seres.
—Hace miles de años todos los seres eran capaces de comunicarse y comprenderse entre sí. Algunos hablando como nosotros y otros, como los árboles, transmitiendo sensaciones. Todo eso fue hace mucho tiempo, cuando el mundo vivía en armonía. Pero los humanos…bueno, ya sabes cómo sois los humanos. Os creéis mejores. Os creéis los amos. Sois egoístas. Y así están las cosas ahora. Sé que no todos sois así. Lo sé. Si no, no estaría hablando contigo. Pero sí la gran mayoría. Cada vez más.
—Lo siento. —Emma se disculpó como si ella lo hubiera planeado todo. Lo de ser los amos, egoístas, dominar el mundo y eso.
—No es culpa tuya.
—Pero te llamé bicho y te tiré una aguja.
—Ya. Y también dijiste que le ibas a decir a tu marido que me aplastase. Pero no lo has hecho.
—Eso es verdad. Pero también era la primera vez que hablaba con un ratón. Es una novedad en mi triste vida.
A Peluso no le gustaba oír a la mujer decir esas cosas. A veces no podía evitar dejar salir es lado triste y derrotista. Se veía que realmente lo estaba pasando mal. Su vida se había puesto patas arriba.
—Conmigo hacían experimentos en una laboratorio. Por eso suelto pelusa. —Y lo cierto era que ya no soltaba tanta pelusa. Ahora estaba más tranquilo en la casa. Además él mismo recogía la que soltaba para no dejar más pruebas de su presencia.
—Vale tu ganas. Te torturaban en el laboratorio. Pero ahora eres libre, puedes ir donde quieres y yo estoy aquí atrapada y no volveré a andar.
—Entonces ganas tú. Así que alégrate.
—Ah, claro. ¿Estás triste? Pues no estés triste.
Ambos guardaron silencio. Pero no apartaron la vista uno del otro.
La relación que habían establecido Emma y Peluso era realmente curiosa. Rápidamente habían conectado. Extrañamente ambos se sentían cómodos y seguros juntos. Y no se compadecían el uno del otro porque sabían que los dos estaban jodidos. Emma le había contado lo de su enfermedad. Le explicó lo que era la esclerosis múltiple (aquí enlace) y que hacía poco más de dos años ella caminaba como cualquier otro. Peluso a su vez le relató cómo había acabado en un extraño laboratorio en unas instalaciones gubernamentales bajo tierra.
—¿Cómo sabes que eran gubernamentales? —le había preguntado escéptica.
—Por los soldados. Por las conversaciones. Para ellos yo solo era un ratón. Pero oía y veía todo lo que pasaba a mi alrededor.
A Peluso no le gustaba nada recordar aquellos días. Además había empezado a sospechar que había algo en ellos o en su recuerdo que provocaba la aparición de aquellos extraños trances.
—Pero pudiste escapar —insistió Emma—. Puedes volver a casa. Soltar pelo y después recuperarlo no es tan grave.
—No solo suelto pelo. A veces me pasan cosas. Debe ser algún tipo de efecto secundario.
Emma no tardó en descubrirlo. Y a pesar de que Peluso le había explicado lo que le ocurría presenciar uno de sus ataques le impactó. Un día allí, mientras hablaban tranquilamente sentados los dos en el sillón relax, pudo ver cómo el ratón ponía los ojos en blanco y se caía del reposabrazos al suelo. Fue todo tan rápido que no pudo reaccionar a tiempo para cogerle entre sus manos. Así que impotente tuvo que asistir como espectadora a un extraño ataque que le hizo convulsionar hasta perder todo el pelo. Fueron solo unos segundos, pero a ella se le hizo eterno. Fue doloroso verle así y no poder hacer nada. Al poco Peluso despertó. Vulnerable. Poco más que pellejo y huesos.
—¿Estás bien?
—He visto algo.
—¿El qué?
—Aparecías tú.
Emma aquella respuesta no se la esperaba. Peluso le había contado que en esos trances veía escenas del pasado, vívidos recuerdos quizás. Que a veces veía cosas que no podía explicar. ¿Podría haber visto algo de su pasado aunque él no lo conociera?
—¿Qué has visto? ¿La visión era de cuando aún podía andar o más reciente? —preguntó ansiosa por saber si todo era un sueño del ratón o realmente tenía la capacidad de ver cosas.
—Tenemos que irnos —dijo Peluso que parecía no haberla escuchado. Aún temblaba. Se veía que estaba asustado. Puede que no hubiese salido del trance del todo.
—¿Cómo que tenemos que irnos? —Emma no entendía nada.
—Ya vienen. He visto cosas. Lo siento.
A Emma no le dio tiempo a reaccionar. Porque todo aquello se lo dijo mientras subía a toda prisa a su silla de ruedas y le clavaba sus pequeños dientes en la mano.





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