Antes de partir su madre le había dicho que siempre tenía que ser silencioso como la luna y vigilante como el sol. Pero él no era tan poético. Se veía más como Basil, el Sherlock Holmes del mundo de los ratones. Aunque claro eso fue antes de lo del laboratorio… En cualquier caso había sido muy discreto desde su llegada. En los primeros días había hecho incursiones por la casa en plan explorador. Su principal objetivo era la cocina. Tenía la mala costumbre de comer para vivir. Pensó que sería fácil llegar y abastecerse mientras tuviera la precaución hacerlo cuando no hubiera nadie en la vivienda. Sin embargo eso había sido algo un poco complicado.
Allí vivían tres humanos. Un niño de unos doce años, que era el que dormía en la habitación donde había hecho el agujero en la pared, y sus padres. El niño y el padre iban y venían. Que si al cole, a la piscina, a comprar… Pero la madre salía poco. Es más, necesitaba ayuda para moverse y hacer la cosas. Peluso había visto más de una vez cómo su marido la llevaba de un sitio a otro de la casa en una pequeña y estrecha silla de ruedas. Y para sentarse en el sofá o en el baño usaba un andador para sujetarse y cambiar de asiento. Le costaba bastante hacerlo y siempre necesitaba ayuda.
Peluso sentían curiosidad por aquella mujer. No sabía qué le pasaba exactamente. Y él era muy curioso. Quería saberlo. Se fijó en que tenía días mejores y peores. Y cuando eran buenos o medio buenos salía a la calle. Y en esas ocasiones lo hacía en una silla de ruedas eléctrica más grande. Sin embargo se veía que no salía tanto como le gustaría. A veces les oía hablar a ella y a su marido y aunque hubiesen planeado algo no podían salir porque de repente no se encontraba bien. Esos eran los peores días. Cuando se veía tan limitada. Es como si llegara un nubarrón para cubrirlo todo Peluso llegó a preguntarse si habrían experimentado con ella en un laboratorio como habían hecho con él? Cualquier cosa podía ser posible en aquel mundo.
Le llamaba mucho la atención el ver que podía mover las piernas, pero a veces no le respondían, o no tenía fuerzas en ellas e incluso a veces le hacían cosas raras como ponerse tiesas como un palo o encogerse involuntariamente como las patas de un pajarillo. La mujer se pasaba la mayor parte del tiempo tumbada en la cama o en un sillón reclinable en el salón. Allí veía la tele y tejía con el ganchillo. Eso le hizo mucha gracia. Él iba soltando pelusa y los humanos pensaban que era cosa de las lanas.
—Madre mía, si acabo de pasar el aspirador y aquí ya hay pelusas otra vez —se quejaba el marido sin entender nada.
Peluso sabía que debía evitar cualquier contacto con los humanos. Pero…no todos iban a ser malas personas como las del laboratorio. En la granja los humanos eran buenos con los animales. Sin embargo allí no tuvo necesidad de acercarse a ellos, tenía su propia familia y amigos con los que hablar. Pero en aquella casa no había más ratón que él. En la granja tenía a sus padres y a sus hermanos, que eran muchos. Incluso a veces llegaban ratones de otros lugares como su tío Mateo que era quien le había metido el gusanillo de viajar por el mundo. Y no solo podía hablar, jugar y hacer cosas con sus congéneres. También podían hablar con otros animales como las vacas, que a diferencia de lo que creían muchos, no tenían un pelo de bobas.
Lamentablemente, él ya no era el mismo. Ahora era un ratón tembloroso, asustadizo y regeneraba pelaje a una velocidad increíble. Pero la necesidad de tener a alguien de su lado era más fuerte. Sinceramente se veía atraído por la curiosa mujer, aunque sabía que lo más lógico sería hablar con el niño. Los niños no se sorprenden ni se asustan con los ratones parlantes. Aún seguían siendo inocentes y no tenían prejuicios. Además había muchas películas y dibujos sobre eso ¿no? Ratones y niños que eran amigos ¿qué podía salir mal?
Aquella tarde el niño había regresado pronto del colegio. Estaba sentado en el sofá del estudio de su padre merendando y tenía abierto el libro de sociales sobre sus piernas. Sus padres estaban en el salón conversando. Era curioso. Se pasaban el día juntos y siempre tenían cosas de las que hablar. ¿Qué mejor momento que ese para presentarse? Con cautela se subió al reposabrazos del asiento. Le latía el corazón a mil por hora. Había observado a aquel niño mucho tiempo. Sabía que era bueno, muy casero y guardaba toda aquella inocencia que tanto le gustaba.
Si el niño girase la cabeza en ese mismo instante le vería. Pero estaba enfrascado en el libro y la galleta que tenía entre manos. Peluso se fijó en que estaba manchando las páginas de chocolate. Sí era el momento de dar la cara.
—Hola —saludó tímidamente.
continuará...

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