domingo, 20 de septiembre de 2026

Capítulo 6: ¿Dónde estás mamá?

Cuando Samurái y su padre llegaron a casa se asustaron. Emma no estaba. Ella no podía haber salido sola, así que alguien tenía que haber venido a buscarla. Mientras Samurái recorría la casa esperando encontrar a su madre escondida en algún sitio o peor aún, tirada en el suelo del baño con un golpe en la cabeza (su madre tenía un verdadero trauma con eso de caerse en el baño, que ya le pasó una vez) oyó la melodía de su teléfono en el salón. Su padre la estaba llamando. Se había ido sin el móvil. Eso era muy raro. Algo gordo tenía que haber pasado.

Samurái guardaba silencio mientras miraba a su padre casi sin pestañear esperando que encontrara a mamá cuanto antes. Sin embargo no recordaba haber visto a su padre nunca tan preocupado. Llamaba a unos y a otros para ver si su madre estaba con ellos. Y cada vez se ponía más nervioso al no dar con ella. Incluso apretó el botón de teleasistencia por si lo había usado y se la habían llevado al hospital. Nada. Nadie sabía nada de ella. Lo siguiente fue llamar a la policía. A partir de ese momento todo pasó muy rápido. Aparecieron por casa vecinos, los tíos, amigos de sus padres… Todos estaban muy intranquilos. Es más se veía que tenían miedo. Y Samurái también lo tenía. Su madre no podía haberse ido sola. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?
La policía no tardó en llegar. Ni su padre ni nadie parecieron darse cuenta. Pero Samurái sí que se fijó. Era muy observador. No eran agentes normales con uniformes reconocibles de la policía local o nacional. Eran un hombre y una mujer. Llevaban trajes oscuros. Como en las películas. Le habían mostrado a su padre sus placas. Pero Samurái estaba seguro de que le podían haber mostrado el carnet de la biblioteca y habría asentido con la cabeza de la misma manera. Él sí que escuchó lo que dijeron. Eran agentes del R25. ¿Qué era eso? ¿Los que buscaban a personas desaparecidas? No tenía ni idea. Solo sabía que no le gustaba su aspecto y la forma de mirar que tenían a unos y a otros. A él parecían no verle. Es lo que tiene ser un niño entre adultos. Así que mientras hablaban con su padre se fue a su habitación.

Necesitaba estar solo. Estar lejos de toda aquella tensión que se había creado en su hogar. Se sentó en el suelo. La cama era demasiado cómoda para una situación así. No entendía nada. ¿Qué le había pasado a su madre? ¿Por qué se interesaban unos agentes secretos? Porque eso es lo que parecían. Sabía que era una locura. Que su imaginación siempre estaba a tope, pero ¿Qué otra cosa podía ser?

Miró a su alrededor. Su cuarto nunca había sido el más ordenado. Siempre había cosas por aquí y por allá tiradas. Pero algo le llamó la atención a los pies de la mesilla de noche. Justo debajo. Era una diminuta silla de ruedas idéntica a la de su madre. ¿De dónde había salido aquel juguete?

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