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sábado, 26 de septiembre de 2026

Capítulo 7: Ya vienen

septiembre 26, 2026 0 Comments
    Emma intentaba abrir los ojos a toda costa, pero las pestañas debían haberse convertido en piedra porque por más que forzaba los párpados no conseguía despegarlos. Y ya no vamos a mencionar el resto de su cuerpo… Algo no iba bien. Eso estaba claro. No oía nada salvo su pesada respiración. Olía a polvo y a humedad. ¿Dónde narices estaba? Tenía que despertar y saber qué había pasado. Porque lo único que recordaba era que Peluso la mordió y luego todo fue oscuridad. La misma a la que regresó después de unos pocos segundos.

    Quizá fueron solo unos minutos, o quizá horas. Pero al intentar volver a abrir los ojos las pestañas no le pesaron tanto. No sin esfuerzo consiguió medio abrir el ojo izquierdo. Y se encontró que allí había muy poca luz. Donde fuera ese “allí”, porque no tenía ni idea de dónde se encontraba. Le dolía la cabeza. Le dolía la mano. «Ah sí. El puñetero ratón me mordió... ¡Joder! ¡Me mordió!»

    Mientras movía levemente la cabeza de una lado a otro, intentando abrirse paso entre las tinieblas se preguntó por qué Peluso había hecho eso. Seguro que había una razón. Alguna más allá de que tuviera la rabia o algo así. Por fin consiguió despegar los párpados y una imagen borrosa comenzó a tomar forma una vez despegó ambos párpados. Era él. Estaba justo encima de ella. Tenía la cabeza enorme. ¿Cómo podía tenerla tan grande? En ese momento fue consciente de que estaba tirada en el suelo y el ratón la miraba desde arriba.

    —Ya estás despierta.

    —Eso parece. Me duele mucho la cabeza —farfulló mientras se la sujetaba con ambas manos y cerraba nuevamente los ojos. Sabía que corría el riesgo de no poder volver a abrirlos, pero el martilleo en su cabeza era tremendo.

    —He visto cosas —dijo Peluso como si la conversación que mantuvieron antes de que la mordiera no hubiese terminado y el dolor de cabeza de Emma no fuese importante.

    —Eso fue lo que me dijiste antes de morderme. ¿Por qué lo hiciste? —dijo extrañamente calmada frotándose las sienes con las yemas de los dedos. Respiró profundamente aún sin abrir los ojos. Todo aquello tenía que tener algún sentido; aunque oliera a polvo, el aire estuviera viciado y se le estuviera clavando algo en la espalda. Estaba tirada en el suelo. Mierda. Se había caído de la silla ¿Cómo se iba a levantar ahora?

    —Lo que he visto ha sido el futuro. Y otras cosas… —La voz de Peluso sonó temerosa.

    —¿El futuro? ¿Te estás riendo de mí? —Se acabó la calma. Emma abrió los ojos de golpe, se apoyó en los codos y se incorporó sobre ellos—. ¡Oh mi cabeza! Qué dolor... —se contrajo con una mueca mientras una descarga le atravesaba el cráneo haciéndola ver estrellitas brillantes por todas partes.

    —Puede ser normal. El cambio ha sido muy rápido y en cierto modo es algo traumático. Algo parecido a las metamorfosis de algunos insectos. Aunque sigues siendo la misma —afirmó Peluso sin saber realmente cómo era capaz de hacer esa afirmación. Esa era una de las cosas que sabía sin saber por qué.

    —¿El cambio? — Esa palabra no le gustó. ¿Qué era lo que había cambiado? El rostro del ratón se abrió paso entre el chisporroteo se iba disipando. Era gigantesco. Enorme. Tan grande como ella.

    —¡Te has hecho gigante! —le dijo sorprendida. Peluso negó la cabeza como respuesta. Emma miró a su alrededor. Se encontraban en una pequeña sala llena de cascotes. Las paredes eran de ladrillo. Unos ladrillos enormes. El ratón era tan grande como ella o es que ella…

    —Has encogido. —Peluso parecía haber cogido el hilo de sus pensamientos—. Te hiciste pequeñita cuando te mordí. No sabía que iba a ocurrir eso. O bueno, quizá sí… Te he traído a mi madriguera. De momento estaremos a salvo aquí. Pero no nos podemos quedar mucho tiempo. Nos encontrarán si no nos vamos.

    —¿Pero de qué estás hablando? Esto no tiene sentido. No puede ser. —Miró a su alrededor—. Necesito mi silla… quiero volver a casa.

    De repente Emma guardó silencio. Se miró a sí misma boquiabierta. Estaba sentada en el suelo con las piernas recogidas. ¿Desde cuándo se podía incorporar ella sola y mantener el equilibrio? «Tengo que estar soñando».

Peluso le ofreció su pata, que ahora era como su mano de grande, con la intención de ayudarla a ponerse de pie.

—Sabes que no puedo —dijo con lágrimas en los ojos viendo lo que pretendía.

—Te aseguro que sí puedes.

    Emma negó con la cabeza. Seguro que tenía fiebre por la mordedura y deliraba. Pero esperanzada cogió la “mano” que le ofrecía el ratón y comprobó que su tacto era muy real: suave, firme y un poco fría. Peluso tiró de ella y con su ayuda se puso en pie.

    ¡No podía creérselo, no solo su tamaño se había reducido al de un ratón sino que también con el cambio se había curado! Sus ojos ahora sí que estaban abiertos como platos y completamente alerta. El dolor de cabeza estaba ahí, pero ya no era importante. Ahora solo quería dar un paso y luego otro. Miró a Peluso y sonrió. Y le pareció que él también lo hacía. Ya se imaginaba volviendo a casa para entrar por la puerta andando y sorprender a su hijo y a su marido. Todo volvería a ser como antes, aunque fuese así de pequeñita.
    Se soltó de la mano-pata de Peluso. Levantó un pie del suelo y lo adelantó para dar su primer paso. Y lo que hizo fue caer de bruces contra el suelo. Las piernas le fallaron como siempre lo habían hecho desde que le diagnosticaron la enfermedad.

    —Ah, pues no... No puedes andar. No sé, pensé que sí podrías. Lo siento —se disculpó el ratón mientras perdía parte de su pelaje por los temblores que le entraron.

    Sí. Seguía siendo el mismo ratón nervisos e inseguro. Solo que ahora había cosas que sabía sin saber por qué y también había cosas no entendía en absoluto de sus visiones. Quizá se había venido arriba con ese nuevo “poder” y creyó que además de hacerse pequeñita podría andar.

    Emma lloraba en el suelo. La esperanza se había desvanecido de la misma manera que llegó. A su alrededor flotaba el suave pelaje de ratón. Peluso se había agachado para consolarla. Pero se detuvo al comprobar que el sollozo se transformaba en carcajada.

    —No es un sueño —reía histérica—. ¡Es una pesadilla! ¿Quién eres? ¿Jesucristo Super Ratón? ¿“Levántate y anda”?

    —Lo siento. —Peluso estaba realmente afectado. Ya casi había perdido todo su pelaje—. Ahora iré a buscar tu silla. También se ha encogido. Ahora entiendo por qué. Pero es que tardó más. La dejé fuera pensando que no la necesitarías.

    —¡Tú pensaste! Tú pensante… Eres un mierda —dijo Emma volviendo a incorporarse en el suelo. Aunque esta vez con mayor dificultad—. ¿Por qué me haces esto?

    El ratón se encogió de hombros.

    —No lo sé. Veo cosas. Y sé que tenemos que huir. No solo me buscan a mí.

    —Quiero irme a casa. Quiero despertar.

    —Ni tú ni yo podemos volver a casa. Por lo menos ahora.

    Peluso fue hasta un rincón se su madriguera. Rebuscó entre un montón de cachivaches y cogió algo entre sus dedos. Al acercarse a la pared de ladrillo que había frente a Emma ella pudo ver lo que era. Una tiza. El ratón pintó un arco en ella y un punto dentro del arco, hacia la derecha. Era como si hubiese pintado una infantil puerta del ratoncito Pérez. Solo que al escribir unas extrañas letras a su alrededor la puerta emitió un resplandor azul y se volvió muy real. Peluso la abrió como si tal cosa.

    —Nos tenemos que ir.

    Emma miraba al otro lado de la puerta. Aquel escenario que veía era imposible que estuviera al otro lado de la pared de su casa. Pero en cierto modo en aquel momento ya nada podía sorprenderla.

    —¿Y mi silla?

    —Ostras es verdad —dijo Peluso mientras cerraba la puerta de nuevo—. No te muevas. Ahora vengo.

    —No te preocupes. No voy a ir muy lejos a rastras.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Capítulo 6: ¿Dónde estás mamá?

septiembre 20, 2026 0 Comments
Cuando Samurái y su padre llegaron a casa se asustaron. Emma no estaba. Ella no podía haber salido sola, así que alguien tenía que haber venido a buscarla. Mientras Samurái recorría la casa esperando encontrar a su madre escondida en algún sitio o peor aún, tirada en el suelo del baño con un golpe en la cabeza (su madre tenía un verdadero trauma con eso de caerse en el baño, que ya le pasó una vez) oyó la melodía de su teléfono en el salón. Su padre la estaba llamando. Se había ido sin el móvil. Eso era muy raro. Algo gordo tenía que haber pasado.

Samurái guardaba silencio mientras miraba a su padre casi sin pestañear esperando que encontrara a mamá cuanto antes. Sin embargo no recordaba haber visto a su padre nunca tan preocupado. Llamaba a unos y a otros para ver si su madre estaba con ellos. Y cada vez se ponía más nervioso al no dar con ella. Incluso apretó el botón de teleasistencia por si lo había usado y se la habían llevado al hospital. Nada. Nadie sabía nada de ella. Lo siguiente fue llamar a la policía. A partir de ese momento todo pasó muy rápido. Aparecieron por casa vecinos, los tíos, amigos de sus padres… Todos estaban muy intranquilos. Es más se veía que tenían miedo. Y Samurái también lo tenía. Su madre no podía haberse ido sola. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?
La policía no tardó en llegar. Ni su padre ni nadie parecieron darse cuenta. Pero Samurái sí que se fijó. Era muy observador. No eran agentes normales con uniformes reconocibles de la policía local o nacional. Eran un hombre y una mujer. Llevaban trajes oscuros. Como en las películas. Le habían mostrado a su padre sus placas. Pero Samurái estaba seguro de que le podían haber mostrado el carnet de la biblioteca y habría asentido con la cabeza de la misma manera. Él sí que escuchó lo que dijeron. Eran agentes del R25. ¿Qué era eso? ¿Los que buscaban a personas desaparecidas? No tenía ni idea. Solo sabía que no le gustaba su aspecto y la forma de mirar que tenían a unos y a otros. A él parecían no verle. Es lo que tiene ser un niño entre adultos. Así que mientras hablaban con su padre se fue a su habitación.

Necesitaba estar solo. Estar lejos de toda aquella tensión que se había creado en su hogar. Se sentó en el suelo. La cama era demasiado cómoda para una situación así. No entendía nada. ¿Qué le había pasado a su madre? ¿Por qué se interesaban unos agentes secretos? Porque eso es lo que parecían. Sabía que era una locura. Que su imaginación siempre estaba a tope, pero ¿Qué otra cosa podía ser?

Miró a su alrededor. Su cuarto nunca había sido el más ordenado. Siempre había cosas por aquí y por allá tiradas. Pero algo le llamó la atención a los pies de la mesilla de noche. Justo debajo. Era una diminuta silla de ruedas idéntica a la de su madre. ¿De dónde había salido aquel juguete?

sábado, 15 de agosto de 2026

Capítulo 5: Visiones

agosto 15, 2026 0 Comments

 Emma a veces dudaba si lo que había ocurrido era real, fruto de su imaginación o de los efectos secundarios de la medicación que tomaba. Pero en cuanto llegó su marido aquella tarde, este le sacó de dudas.


—No puede ser que la lana que usas suelte tanta pelusa. ¿Has visto cómo está el suelo? ¿Y este montón cómo ha llegado hasta aquí? —Miraba el suelo indignado sin percatarse de que aquellas pelusas dejaban un rastro que se dirigía hacia las habitaciones atravesando el pasillo. Al marido de Emma le gustaba la limpieza y el orden. Y aunque parezca que estaba obsesionado con ello no era un maniático. Él solo quería que cuando llevase a Emma de un sitio a otro por la casa con la silla, sus pies, que iban arrastrando por el suelo, no fuesen recogiendo todo lo que pillase por el camino. Y aquellas pelusas le volvían loco.

—Bueno ¿Y qué hago? Solo tejo por estar entretenida.

—Lo siento. No digo que sea culpa tuya. Lo único que digo es que deberíamos dejar de comprar los hilos y las lanas en el bazar. Se deshilachan. Deberíamos comprar de las buenas.

Finalmente no compraron ni de unas ni de las otras. Emma sí que seguía tejiendo, pero no tanto como antes. Ahora, las pocas veces que se quedaba sola en casa, se pasaba el tiempo hablando con Peluso. Al principio había sido un poco raro. Esperar a que apareciera de nuevo y convencerse de que no estaba loca. En sus primeros encuentros el ratón le había dicho que no todos los humanos eran capaces de entender o recordar “el común”, lo que venía siendo el idioma universal de todas las cosas y todos los seres.

—Hace miles de años todos los seres eran capaces de comunicarse y comprenderse entre sí. Algunos hablando como nosotros y otros, como los árboles, transmitiendo sensaciones. Todo eso fue hace mucho tiempo, cuando el mundo vivía en armonía. Pero los humanos…bueno, ya sabes cómo sois los humanos. Os creéis mejores. Os creéis los amos. Sois egoístas. Y así están las cosas ahora. Sé que no todos sois así. Lo sé. Si no, no estaría hablando contigo. Pero sí la gran mayoría. Cada vez más.

—Lo siento. —Emma se disculpó como si ella lo hubiera planeado todo. Lo de ser los amos, egoístas, dominar el mundo y eso.

—No es culpa tuya.

—Pero te llamé bicho y te tiré una aguja.

—Ya. Y también dijiste que le ibas a decir a tu marido que me aplastase. Pero no lo has hecho.

—Eso es verdad. Pero también era la primera vez que hablaba con un ratón. Es una novedad en mi triste vida.

A Peluso no le gustaba oír a la mujer decir esas cosas. A veces no podía evitar dejar salir es lado triste y derrotista. Se veía que realmente lo estaba pasando mal. Su vida se había puesto patas arriba.

—Conmigo hacían experimentos en una laboratorio. Por eso suelto pelusa. —Y lo cierto era que ya no soltaba tanta pelusa. Ahora estaba más tranquilo en la casa. Además él mismo recogía la que soltaba para no dejar más pruebas de su presencia.

—Vale tu ganas. Te torturaban en el laboratorio. Pero ahora eres libre, puedes ir donde quieres y yo estoy aquí atrapada y no volveré a andar.

—Entonces ganas tú. Así que alégrate.

—Ah, claro. ¿Estás triste? Pues no estés triste.

Ambos guardaron silencio. Pero no apartaron la vista uno del otro.

    La relación que habían establecido Emma y Peluso era realmente curiosa. Rápidamente habían conectado. Extrañamente ambos se sentían cómodos y seguros juntos. Y no se compadecían el uno del otro porque sabían que los dos estaban jodidos. Emma le había contado lo de su enfermedad. Le explicó lo que era la esclerosis múltiple y que hacía poco más de dos años ella caminaba como cualquier otro. Peluso a su vez le relató cómo había acabado en un extraño laboratorio en unas instalaciones gubernamentales bajo tierra.

—¿Cómo sabes que eran gubernamentales? —le había preguntado escéptica.

—Por los soldados. Por las conversaciones. Para ellos yo solo era un ratón. Pero oía y veía todo lo que pasaba a mi alrededor.

A Peluso no le gustaba nada recordar aquellos días. Además había empezado a sospechar que había algo en ellos o en su recuerdo que provocaba la aparición de aquellos extraños trances.

—Pero pudiste escapar —insistió Emma—. Puedes volver a casa. Soltar pelo y después recuperarlo no es tan grave.

—No solo suelto pelo. A veces me pasan cosas. Debe ser algún tipo de efecto secundario.

    Emma no tardó en descubrirlo. Y a pesar de que Peluso le había explicado lo que le ocurría, presenciar uno de sus ataques le impactó. Un día allí, mientras hablaban tranquilamente sentados los dos, pudo ver cómo el ratón ponía los ojos en blanco y se caía del reposabrazos al suelo. Fue todo tan rápido que no pudo reaccionar a tiempo para cogerle entre sus manos. Así que impotente tuvo que asistir como espectadora a un extraño ataque que le hizo convulsionar hasta perder todo el pelo. Fueron solo unos segundos, pero a ella se le hizo eterno. Fue doloroso verle así y no poder hacer nada. Al poco Peluso despertó. Vulnerable. Poco más que pellejo y huesos.

—¿Estás bien?

—He visto algo.

—¿El qué?

—Aparecías tú.

Emma aquella respuesta no se la esperaba. Peluso le había contado que en esos trances veía escenas del pasado, vívidos recuerdos quizás. Que a veces veía cosas que no podía explicar. ¿Podría haber visto algo de su pasado aunque él no lo conociera?

—¿Qué has visto? ¿La visión era de cuando aún podía andar o más reciente? —preguntó ansiosa por saber si todo era un sueño del ratón o realmente tenía la capacidad de ver cosas.

—Tenemos que irnos —dijo Peluso que parecía no haberla escuchado. Aún temblaba. Se veía que estaba asustado. Puede que no hubiese salido del trance del todo.

—¿Cómo que tenemos que irnos? —Emma no entendía nada.

—Ya vienen. He visto cosas. Lo siento.

A Emma no le dio tiempo a reaccionar. Porque todo aquello se lo dijo mientras subía a toda prisa a su silla de ruedas y le clavaba sus pequeños dientes en la mano.

miércoles, 1 de julio de 2026

Capítulo 3: El pasillo

julio 01, 2026 0 Comments
Si el niño girase la cabeza en ese mismo instante le vería. Pero estaba enfrascado en el libro y la galleta que tenía entre manos. Peluso se fijó en que estaba manchando las páginas de chocolate. Sí. Era el momento de dar la cara.

—Hola —saludó tímidamente.

—¡Samurái! —la voz grave del padre del niño llegó desde la otra punta de la casa y quedó por encima de la suya a pesar de que sonó más chillona. Su reacción fue inmediata. Había que huir. De un salto bajó del reposabrazos y se escondió detrás del sofá.

—¿Qué? —respondió el niño atravesando con la mirada el lugar donde justo había estado el ratón un instante antes. El reposabrazos estaba lleno de pelusas. Algunas todavía flotaban en el aire. Pero Samurái era un niño que no se fijaba en esas cosas. Era muy despistado, tranquilo y bueno. Peluso había comprobado que le encantaba contar chistes que en general eran bastante malos. Sin embargo sin proponérselo soltaba alguna perla de vez en cuando que hacía que sus padres se partieran de risa.

—Ven por favor. Te necesitamos un momento —respondió su padre. Samurái siempre estaba dispuesto a ayudar cuando se lo pedían. Así que sin rechistar dejó el libro sobre la mesa, se metió la galleta entera en la boca y se limpió el chocolate de los dedos en la camiseta.

El ratón miró cómo se alejaba por el pasillo. Un pasillo cálido y de bonitos cuadros que de repente ante sus ojos se transformó en un corredor larguísimo, casi infinito y cegador. Tenía las paredes y los techos blancos y estaba lleno de fluorescentes que hacían que no hubiera lugar para las sombras. «¡Oh no! Otra vez no…», pensó resignado Peluso.

Peluso sabía que aún seguía detrás del sofá, pero a veces sentía que se trasladaba a otros escenarios. Algunos los reconocía como recuerdos del pasado, pero otras veces no sabía ni lo que eran. En esta ocasión supo que aquel eterno pasillo formaba parte un pasado de pesadilla. En cierto modo se tenía que alegrar. Sabía que no estaba allí realmente. Que aquellas instalaciones ya no existían. Aun así era tan real…

Sonaba una alarma. La puerta del laboratorio se había abierto sola y quedó entreabierta. La cerradura de su jaula también se había desbloqueado. Parecía una invitación a salir de ella. Con cautela recorrió las frías y pulidas baldosas en dirección a la salida. Mientras lo hacía no apartaba la mirada del hueco por el que se veía el pasillo que podía conducirle a la libertad. Cuando llegó a la puerta asomó la cabeza con cuidado. Sus bigotes temblaban y tenía los ojos abiertos como platos. Había dejado a su paso todo lleno de pelusas. Sabrían que había salido de su jaula. Sabrían dónde se dirigía si se escapaba. Quizá no fuese una buena idea intentar huir. Podrían dar con él en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo no se veía a ningún hombre con batas blancas en el corredor. Eso era muy raro. Lo que sí que había era un montón de puertas como la suya abiertas. Y de algunas también salieron otros animales, hombres extraños y cosas. Cosas vivas que jamás había visto. Su pequeño corazón latía a toda velocidad. A la misma que se le estaba cayendo el pelaje. Volvió a ocultarse dentro del laboratorio, pero sin dejar de mirar la puerta entreabierta. El pasillo no tardó en llenarse de seres que iban y venían intentando escapar como debería estar haciendo él. Pero tenía miedo. Mucho miedo.


La alarma no dejaba de sonar. Era un sonido intermitente y ensordecedor, pero en cada intervalo de silencio se podía escuchar el ruido que hacían los pies, pezuñas y patas de aquellos seres arañando el suelo en su huida. Algunos parecían pelear entre sí a pesar de tener todos el mismo objetivo. Sin embargo el pasillo no tardó en quedar despejado. Fue como una estampida de unos pocos segundos que rápidamente devolvió ese silencio intermitente. Así que el ratón salió de su escondite con intención de escapar como habían hecho los otros. Fue entonces cuando escuchó unos gritos dando órdenes y luego disparos.

El estruendo de las armas le devolvió al presente. Estaba tirado en el suelo detrás del sofá rodeado de pelusa. Si ya de por sí era delgaducho ahora parecía un esqueleto cubierto de un arrugado pellejo. Aquellos trances le dejaban completamente alopécico. Pero por experiencia sabía que en pocos minutos no tardaría en volver a crecerle el pelo. No obstante eso era lo de menos. Siempre al despertar se sentía ridículo, vulnerable, perdido, vejado…

Había llegado a la conclusión de que era el resultado de un experimento fallido. ¿Cuál era el objetivo? ¿Un crecepelo? Fuera lo que fuese no había funcionado. Por eso no había querido volver a casa. Era mejor que nadie le viera así. Él ya no era el mismo. Allí tirado en el suelo patas arriba y mirando al techo, podía ver algunas de sus pelusas flotando aún en el aire. En ese momento se dio cuenta de que tampoco era buena idea hacerse amigo de ese niño. Lo único que iba a aportarle eran traumas con esos extraños trances y su aspecto. ¿en qué había estado pensado? Ah sí. Se sentía solo. Muy solo. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

El ruido de unas ruedas girando hizo que se incorporase como un resorte para frotarse los ojos y poder ver qué ocurría. En ese momento pasaba la madre del niño en la silla de ruedas empujada por su marido. No pudo evitar ver que a ella sí que se la habían desbordado las lágrimas de los ojos. ¿Qué había pasado?

martes, 2 de junio de 2026

Capítulo 2: Una curiosa familia

junio 02, 2026 0 Comments
Antes de partir, su madre le había dicho que siempre tenía que ser silencioso como la luna y vigilante como el sol. Pero él no era tan poético. Se veía más como Basil, el Sherlock Holmes del mundo de los ratones. Aunque claro eso fue antes de lo del laboratorio… En cualquier caso había sido muy discreto desde su llegada. En los primeros días había hecho incursiones por la casa en plan explorador. Su principal objetivo era la cocina. Tenía la mala costumbre de comer para vivir. Pensó que sería fácil llegar y abastecerse mientras tuviera la precaución de hacerlo cuando no hubiera nadie en la vivienda. Sin embargo eso había sido algo un poco complicado.

Allí vivían tres humanos. Un niño de unos doce años, que era el que dormía en la habitación donde había hecho el agujero en la pared, y sus padres. El niño y el padre iban y venían. Que si al cole, a la piscina, a comprar… Pero la madre salía poco. Es más, necesitaba ayuda para moverse y hacer la cosas. Peluso había visto más de una vez cómo su marido la llevaba de un sitio a otro de la casa en una pequeña y estrecha silla de ruedas. Y para sentarse en el sofá o en el baño usaba un andador para sujetarse y cambiar de asiento. Le costaba bastante hacerlo y siempre necesitaba ayuda.

Peluso sentían curiosidad por aquella mujer. No sabía qué le pasaba exactamente. Y él era muy curioso. Quería saberlo. Se fijó en que tenía días mejores y peores. Y cuando eran buenos o medio buenos salía a la calle. Y en esas ocasiones lo hacía en una silla de ruedas eléctrica más grande. Sin embargo se veía que no salía tanto como le gustaría. A veces les oía hablar a ella y a su marido y aunque hubiesen planeado algo, no podían salir porque de repente no se encontraba bien. Esos eran los peores días. Cuando se veía tan limitada. Es como si llegara un nubarrón para cubrirlo todo. Peluso llegó a preguntarse si habrían experimentado con ella en un laboratorio como habían hecho con él. Cualquier cosa podía ser posible en aquel mundo.

Le llamaba mucho la atención el ver que podía mover las piernas, pero a veces no le respondían o no tenía fuerzas en ellas. Incluso a veces le hacían cosas raras como ponerse tiesas como un palo o encogerse involuntariamente como las patas de un pajarillo. La mujer se pasaba la mayor parte del tiempo tumbada en la cama o en un sillón reclinable en el salón. Allí veía la tele y tejía con el ganchillo. Eso le hizo mucha gracia. Él iba soltando pelusa y los humanos pensaban que era cosa de las lanas.

—Madre mía, si acabo de pasar el aspirador y aquí ya hay pelusas otra vez —se quejaba el marido sin entender nada.

Peluso sabía que debía evitar cualquier contacto con los humanos. Pero… no todos iban a ser malas personas como las del laboratorio. En la granja los humanos eran buenos con los animales. Sin embargo allí no tuvo necesidad de acercarse a ellos. Tenía su propia familia y amigos con los que hablar. Pero en aquella casa no había más ratón que él. En la granja tenía a sus padres y a sus hermanos, que eran muchos. Incluso a veces llegaban ratones de otros lugares como su tío Mateo, que era quien le había metido el gusanillo de viajar por el mundo. Y no solo podía hablar, jugar y hacer cosas con sus congéneres. También podían hablar con otros animales como las vacas, que a diferencia de lo que creían muchos, no tenían un pelo de bobas.

Lamentablemente, él ya no era el mismo. Ahora era un ratón tembloroso, asustadizo y regeneraba pelaje a una velocidad increíble. Pero la necesidad de tener a alguien de su lado era más fuerte. Sinceramente se veía atraído por la curiosa mujer, aunque sabía que lo más lógico sería hablar con el niño. Los niños no se sorprenden ni se asustan con los ratones parlantes. Aún seguían siendo inocentes y no tenían prejuicios. Además había muchas películas y dibujos sobre eso ¿no? Ratones y niños que eran amigos ¿qué podía salir mal?

Aquella tarde el niño había regresado pronto del colegio. Estaba sentado en el sofá del estudio de su padre merendando y tenía abierto el libro de sociales sobre sus piernas. Sus padres estaban en el salón conversando. Era curioso. Se pasaban el día juntos y siempre tenían cosas de las que hablar. ¿Qué mejor momento que ese para presentarse? Con cautela se subió al reposabrazos del asiento. Le latía el corazón a mil por hora. Había observado a aquel niño mucho tiempo. Sabía que era bueno, muy casero y guardaba toda aquella inocencia que tanto le gustaba.

Si el niño girase la cabeza en ese mismo instante le vería. Pero estaba enfrascado en el libro y la galleta que tenía entre manos. Peluso se fijó en que estaba manchando las páginas de chocolate. Sí. Era el momento de dar la cara.

—Hola —saludó tímidamente.


continuará...

lunes, 18 de mayo de 2026

Capítulo 1. Un agujero en la pared

mayo 18, 2026 0 Comments
El material con el que se construían las paredes ya no tenía ni la calidad ni la solidez de antaño. Antes roer tenía su técnica y había que saber cómo hacerlo. Lo más importante era encontrar una pequeña grieta y poco a poco ensancharla para poder pasar. Era todo un reto cuando una casa estaba bien construida. O algo imposible como roer las paredes infranqueables de un laboratorio bajo tierra…

El delgaducho y nervioso ratón sintió un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo recordando aquel terrible lugar. Y al hacerlo un montón de pelusas de su pelaje se desprendieron flotando hasta el suelo. Se obligó a recordar las paredes entre las que él había vivido cuando era pequeño. Aquellas que ya tenían los agujeros hechos por su familia y sus antepasados, pulidas por el paso del tiempo y cuidadas por sus padres para hacer de ellas una madriguera acogedora. Y el boquete que hacía de puerta principal asomaba a la vivienda de un granjero.

Sí. Él era un ratón de campo. Bueno ya no lo era. Lo más adecuado sería decir que había sido un ratón de campo que se creía mejor que nadie y se fue buscando las luces de la gran ciudad. Pero sin saber cómo acabó en aquel maldito lugar. Otra vez se sorprendió pensando en ello. Su cuerpo se estremeció y nuevamente dejó a sus pies otro montón de pelusas. «Todo aquello ya pasó. No queda nadie —quiso convencerse—. El laboratorio quedó destruido. Solo fue una pesadilla». Pero aquella pesadilla había hecho estragos en su cuerpo. Si su madre le viese no lo reconocería. Se había quedado en los huesos y aquel desparpajo e impulsividad que le había empujado a descubrir el mundo desaparecieron dejando en su lugar a un tembloroso y asustado ratoncillo.
Pero ahora estaba allí. Al final había llegado a la gran ciudad. Y en aquella casa no había más ratón que él. Y las paredes no eran como las de antes. Aquella se caía a cachos en cuanto le hincaba el diente. Estaba chupado abrir un boquete, pero temía que el sonido que hacía al roer llamara la atención de los dueños de la casa. Así que se detuvo. Estaba nervioso. No podía evitarlo. Él solo quería una vida más sencilla y tranquila. La verdad es que no sabía lo que se iba a encontrar al otro lado. ¡Oh no! ¿Tendrían gato? No podía evitar ponerse en lo peor. Enfrentarse a una mascota era algo que no le apetecía mucho, aunque después de todo lo que había vivido... Esperaba que no. Sí, él corría mucho, era ágil y esas cosas. Pero prefería la tranquilidad que había venido buscando.

No podía quedarse allí parado. Iba a vivir en aquel hueco de la pared que había empezado a acondicionar. Pero necesitaba una entrada a la vivienda ¿o era una salida? para poder ir a por comida, ver la tele o hacer lo que le apeteciera. Volvió a la tarea. Y mientras roía y pensaba en todas esas cosas que podría encontrarse por fin se filtró la luz a través del agujero que había abierto. No era mucha, pero algo es algo. Apoyó sus patitas delanteras en la fina pared en el borde del pequeño agujero y acercó el ojo para ver qué había al otro lado. Pero no pudo ver gran cosa. Había abierto el agujero justo detrás de un mueble. Eso era bueno. Los humanos no se darían cuenta del desperfecto si no lo movían. Agudizó el oído. Nada. Silencio. No había nadie en la habitación y aparentemente en la casa.

Siguió con su trabajo y agrandó el agujero lo suficiente como para que su delgado y flexible cuerpo pasase. Al llegar al otro lado se encontró justo debajo de una mesita de noche. Había pelusas a su alrededor. Bastantes, pero no eran las suyas. Aquellas ya estaban allí. El ratón no pudo evitar sonreír al pensar que su pequeño y extraño problema de piel podía pasar desapercibido. Aunque claro, cualquiera podría pensar que algún día se quedaría sin pelo como un gato esfinge. Sin embargo, aquel era uno de los efectos secundarios de los experimentos que habían hecho con él en el laboratorio… No dejaría de soltar pelusa nunca. Su pelaje se regeneraba a una velocidad de infarto. Peluso le habían llamado. No era su verdadero nombre pero eso es en lo que se había convertido.

El ratoncillo se aseguró de que no había nadie en la habitación. Desde su posición no se veían pies por el suelo ni ruidos cercanos. Así que se atrevió a salir de debajo de la mesita de noche. Los ojos se le iluminaron. Estaba en la preciosa habitación de un niño, abarrotada de juguetes, libros y muñecos.

continuará...

sábado, 16 de mayo de 2026

Un marido que... escribe

mayo 16, 2026 0 Comments

Sí. Soy un marido que hace un poco de todo. Y lo de escribir lo hago desde pequeño. He publicado algunos libros que si os pica la curiosidad podéis encontrar aquí. Pero hace un tiempo que dejé un poco de lado todo eso ya que no encontraba ni la historia ni el momento que me hiciera sentir a gusto entre mis textos. Pero ahora en esta nueva etapa de nuestras vidas sí que hay algo que me apetece relatar. Me dejaré llevar como hacía antaño en un lejano blog y veamos juntos hasta dónde nos lleva esta historia. 


 No sé si alguna vez os he comentado que, desde hace bastante tiempo, por más que pase la aspiradora, la fregona o mande a Robby (mi mano derecha robótica que aspira y friega) tenemos siempre la casa llena de pelusas. Al principio pensaba que era porque EM andaba con el ganchillo y sus docenas de ovillos de lana. Y ya sabéis la que se lía con eso. Pero hubo una temporada en la que no tejía y seguíamos igual. ¿Cómo podía ser que siguieran apareciendo pelusas por todas partes?


Pues resulta que ahora ya sé por qué. No estamos solos. En casa hay alguien más. 


Este lunes día 18 de mayo os presentaré a Peluso. Una historia de un marido que... escribe en el blog.