sábado, 26 de septiembre de 2026

Capítulo 7: Ya vienen

    Emma intentaba abrir los ojos a toda costa, pero las pestañas debían haberse convertido en piedra porque por más que forzaba los párpados no conseguía despegarlos. Y ya no vamos a mencionar el resto de su cuerpo… Algo no iba bien. Eso estaba claro. No oía nada salvo su pesada respiración. Olía a polvo y a humedad. ¿Dónde narices estaba? Tenía que despertar y saber qué había pasado. Porque lo único que recordaba era que Peluso la mordió y luego todo fue oscuridad. La misma a la que regresó después de unos pocos segundos.

    Quizá fueron solo unos minutos, o quizá horas. Pero al intentar volver a abrir los ojos las pestañas no le pesaron tanto. No sin esfuerzo consiguió medio abrir el ojo izquierdo. Y se encontró que allí había muy poca luz. Donde fuera ese “allí”, porque no tenía ni idea de dónde se encontraba. Le dolía la cabeza. Le dolía la mano. «Ah sí. El puñetero ratón me mordió... ¡Joder! ¡Me mordió!»

    Mientras movía levemente la cabeza de una lado a otro, intentando abrirse paso entre las tinieblas se preguntó por qué Peluso había hecho eso. Seguro que había una razón. Alguna más allá de que tuviera la rabia o algo así. Por fin consiguió despegar los párpados y una imagen borrosa comenzó a tomar forma una vez despegó ambos párpados. Era él. Estaba justo encima de ella. Tenía la cabeza enorme. ¿Cómo podía tenerla tan grande? En ese momento fue consciente de que estaba tirada en el suelo y el ratón la miraba desde arriba.

    —Ya estás despierta.

    —Eso parece. Me duele mucho la cabeza —farfulló mientras se la sujetaba con ambas manos y cerraba nuevamente los ojos. Sabía que corría el riesgo de no poder volver a abrirlos, pero el martilleo en su cabeza era tremendo.

    —He visto cosas —dijo Peluso como si la conversación que mantuvieron antes de que la mordiera no hubiese terminado y el dolor de cabeza de Emma no fuese importante.

    —Eso fue lo que me dijiste antes de morderme. ¿Por qué lo hiciste? —dijo extrañamente calmada frotándose las sienes con las yemas de los dedos. Respiró profundamente aún sin abrir los ojos. Todo aquello tenía que tener algún sentido; aunque oliera a polvo, el aire estuviera viciado y se le estuviera clavando algo en la espalda. Estaba tirada en el suelo. Mierda. Se había caído de la silla ¿Cómo se iba a levantar ahora?

    —Lo que he visto ha sido el futuro. Y otras cosas… —La voz de Peluso sonó temerosa.

    —¿El futuro? ¿Te estás riendo de mí? —Se acabó la calma. Emma abrió los ojos de golpe, se apoyó en los codos y se incorporó sobre ellos—. ¡Oh mi cabeza! Qué dolor... —se contrajo con una mueca mientras una descarga le atravesaba el cráneo haciéndola ver estrellitas brillantes por todas partes.

    —Puede ser normal. El cambio ha sido muy rápido y en cierto modo es algo traumático. Algo parecido a las metamorfosis de algunos insectos. Aunque sigues siendo la misma —afirmó Peluso sin saber realmente cómo era capaz de hacer esa afirmación. Esa era una de las cosas que sabía sin saber por qué.

    —¿El cambio? — Esa palabra no le gustó. ¿Qué era lo que había cambiado? El rostro del ratón se abrió paso entre el chisporroteo se iba disipando. Era gigantesco. Enorme. Tan grande como ella.

    —¡Te has hecho gigante! —le dijo sorprendida. Peluso negó la cabeza como respuesta. Emma miró a su alrededor. Se encontraban en una pequeña sala llena de cascotes. Las paredes eran de ladrillo. Unos ladrillos enormes. El ratón era tan grande como ella o es que ella…

    —Has encogido. —Peluso parecía haber cogido el hilo de sus pensamientos—. Te hiciste pequeñita cuando te mordí. No sabía que iba a ocurrir eso. O bueno, quizá sí… Te he traído a mi madriguera. De momento estaremos a salvo aquí. Pero no nos podemos quedar mucho tiempo. Nos encontrarán si no nos vamos.

    —¿Pero de qué estás hablando? Esto no tiene sentido. No puede ser. —Miró a su alrededor—. Necesito mi silla… quiero volver a casa.

    De repente Emma guardó silencio. Se miró a sí misma boquiabierta. Estaba sentada en el suelo con las piernas recogidas. ¿Desde cuándo se podía incorporar ella sola y mantener el equilibrio? «Tengo que estar soñando».

Peluso le ofreció su pata, que ahora era como su mano de grande, con la intención de ayudarla a ponerse de pie.

—Sabes que no puedo —dijo con lágrimas en los ojos viendo lo que pretendía.

—Te aseguro que sí puedes.

    Emma negó con la cabeza. Seguro que tenía fiebre por la mordedura y deliraba. Pero esperanzada cogió la “mano” que le ofrecía el ratón y comprobó que su tacto era muy real: suave, firme y un poco fría. Peluso tiró de ella y con su ayuda se puso en pie.

    ¡No podía creérselo, no solo su tamaño se había reducido al de un ratón sino que también con el cambio se había curado! Sus ojos ahora sí que estaban abiertos como platos y completamente alerta. El dolor de cabeza estaba ahí, pero ya no era importante. Ahora solo quería dar un paso y luego otro. Miró a Peluso y sonrió. Y le pareció que él también lo hacía. Ya se imaginaba volviendo a casa para entrar por la puerta andando y sorprender a su hijo y a su marido. Todo volvería a ser como antes, aunque fuese así de pequeñita.
    Se soltó de la mano-pata de Peluso. Levantó un pie del suelo y lo adelantó para dar su primer paso. Y lo que hizo fue caer de bruces contra el suelo. Las piernas le fallaron como siempre lo habían hecho desde que le diagnosticaron la enfermedad.

    —Ah, pues no... No puedes andar. No sé, pensé que sí podrías. Lo siento —se disculpó el ratón mientras perdía parte de su pelaje por los temblores que le entraron.

    Sí. Seguía siendo el mismo ratón nervisos e inseguro. Solo que ahora había cosas que sabía sin saber por qué y también había cosas no entendía en absoluto de sus visiones. Quizá se había venido arriba con ese nuevo “poder” y creyó que además de hacerse pequeñita podría andar.

    Emma lloraba en el suelo. La esperanza se había desvanecido de la misma manera que llegó. A su alrededor flotaba el suave pelaje de ratón. Peluso se había agachado para consolarla. Pero se detuvo al comprobar que el sollozo se transformaba en carcajada.

    —No es un sueño —reía histérica—. ¡Es una pesadilla! ¿Quién eres? ¿Jesucristo Super Ratón? ¿“Levántate y anda”?

    —Lo siento. —Peluso estaba realmente afectado. Ya casi había perdido todo su pelaje—. Ahora iré a buscar tu silla. También se ha encogido. Ahora entiendo por qué. Pero es que tardó más. La dejé fuera pensando que no la necesitarías.

    —¡Tú pensaste! Tú pensante… Eres un mierda —dijo Emma volviendo a incorporarse en el suelo. Aunque esta vez con mayor dificultad—. ¿Por qué me haces esto?

    El ratón se encogió de hombros.

    —No lo sé. Veo cosas. Y sé que tenemos que huir. No solo me buscan a mí.

    —Quiero irme a casa. Quiero despertar.

    —Ni tú ni yo podemos volver a casa. Por lo menos ahora.

    Peluso fue hasta un rincón se su madriguera. Rebuscó entre un montón de cachivaches y cogió algo entre sus dedos. Al acercarse a la pared de ladrillo que había frente a Emma ella pudo ver lo que era. Una tiza. El ratón pintó un arco en ella y un punto dentro del arco, hacia la derecha. Era como si hubiese pintado una infantil puerta del ratoncito Pérez. Solo que al escribir unas extrañas letras a su alrededor la puerta emitió un resplandor azul y se volvió muy real. Peluso la abrió como si tal cosa.

    —Nos tenemos que ir.

    Emma miraba al otro lado de la puerta. Aquel escenario que veía era imposible que estuviera al otro lado de la pared de su casa. Pero en cierto modo en aquel momento ya nada podía sorprenderla.

    —¿Y mi silla?

    —Ostras es verdad —dijo Peluso mientras cerraba la puerta de nuevo—. No te muevas. Ahora vengo.

    —No te preocupes. No voy a ir muy lejos a rastras.

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